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jueves, 30 de octubre de 2014

Efectos y consecuencias de la violencia y el maltrato doméstico a mujeres

El sistema patriarcal ha utilizado y utiliza la violencia para controlar a las mujeres. Y no sólo la violencia física, sino también la psicológica, a través de la desvalorización y el sometimiento. Y lo ha hecho y lo sigue haciendo a través de la educación.

Los hombres no se considerarían con derecho a maltratar a sus compañeras si la sociedad no les hubiera convencido de que éstas son una cosa de su propiedad, seres claramente inferiores. Y las mujeres no se dejarían maltratar si no hubieran sido socializadas para ser seres dependientes: esposas (medias naranjas), madres (sólo madres) y amas de casa (al servicio de los suyos). Doblemente dependientes: emocional y económicamente.

El sexismo está presente en todos los aspectos de la vida, desde la guardería a la universidad, desde los cuentos a los libros de texto, en la música, en las películas, los programas de televisión, la religión… y en la propia familia, que enseña a los niños y a las niñas a perpetuar los roles machistas.

Definición y clasificación

Las Naciones Unidas reconocen que “el maltrato a la mujer es el crimen más numeroso del mundo” y en su Declaración de 1993 definen el maltrato de género como: “Todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se produce en la vida pública como en la vida privada”.


La violencia y el maltrato contra las mujeres en España y en el resto del mundo siguen estando rodeados de mitos, siguen siendo vistos por una gran parte de la sociedad como un asunto privado que debe resolverse en privado. Todavía persiste en nuestra sociedad la creencia de que esta violencia es debida al comportamiento de las mujeres.


Según las estadísticas, una de cada cinco mujeres de la muy desarrollada Unión Europea sufre malos tratos. La violencia contra las mujeres existe en todos los países, sea cual sea su nivel de desarrollo económico o su religión, su raza, la clase social, el nivel de vida o la edad. Se produce tanto en núcleos urbanos como en rurales.

La violencia doméstica supone un atentado a la dignidad de la persona: a su integridad física, a su honor, a su libertad. Y violencia no sólo es el golpe o la paliza, violencia también es ignorar y menospreciar los sentimientos, deseos u opiniones de las mujeres sólo por el hecho de serlo. Es educarlas como “princesas” dependientes cuya máxima preocupación debe ser su aspecto físico, y cuyo fin último es “cazar” a un hombre.


Por lo tanto, la violencia contra las mujeres es un problema público, no privado, es una cuestión de Estado. Es terrorismo doméstico y debe ser combatido con todas las armas legales posibles. Y no sólo la violencia física, sino también el maltrato psicológico y sexual, que resulta mucho más difícil de probar y que está mucho más extendido en nuestra sociedad.

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